viernes, 30 de mayo de 2025

Reglamento/Ley de ordenación territorial y urbanística sostenible de Extremadura. Documento refundido y comentado.

Siguiendo la vocación codificadora que en su momento se pretendió al formularse el Decreto 143/2021, de 21 de diciembre, por el que se aprueba el Reglamento General de la Ley de ordenación territorial y urbanística sostenible de Extremadura (RGLOTUS), este DOCUMENTO NO OFICIAL PARA CONSULTA ELECTRÓNICA parte del texto reglamentario originalmente publicado (DOE 28/12/2021) y sobre el mismo se van incorporando las innovaciones legales y comentarios que procedan. Salvo en los epígrafes, el texto en cursiva indica la innovación que el RGLOTUS aporta respecto de la Ley 11/2018, de 21 de diciembre, de ordenación territorial y urbanística sostenible de Extremadura (LOTUS), consolidado con las correspondientes modificaciones. El texto en rojo indica errores publicados, inaplicaciones, derogaciones y anulaciones en su caso (se ruega, a quien se sirva del mismo, que disculpe los contenidos de mi cosecha si no satisfacen las expectativa, y que me advierta de mis errores y sus discrepancias).

Actualizado el 23 de septiembre de 2025.

Texto en pdf: RGLOTUS comentada 20250923.pdf

Texto en word: RGLOTUS comentada 20250923.docx

Se recomienda encarecidamente priorizar el texto oficial consolidado de la LOTUS que lleva a cabo la Agencia Estatal Boletín Oficial del Estadohttps://www.boe.es/eli/es-ex/l/2018/12/21/11/con



domingo, 1 de diciembre de 2024

martes, 29 de octubre de 2024

Genius Loci

 


Genius Loci

Despertó sobresaltado. Todo se agitaba a su alrededor en medio del estruendo. El pozo que le cobijaba estaba hecho añicos, de manera que la tierra de la metrópoli ya no se distinguía del amasijo de arena, piedras y escombros que un extraño monstruo de acero removía implacable. Horrorizado, huyó de aquella nueva devastación. No reconocía nada de lo que veía en la superficie, hasta que reparó en el perfil apuntado de los cerros que rodeaban la Colonia. Algo recompuesto aunque desconcertado aún, se encaminó al cercano arroyo de la Madre. Más bestias acorazadas sobre ruedas se desplazaban rugiendo por una ribera plagada de altas “insulae” que no le dejaban ver el cauce. No había rastro del acueducto, pero una especie de cisterna con seis arcos de cantería labrada le pareció buen sitio para guarecerse. En el interior, un par de rostros desdibujados en la piedra de la bóveda parecían escrutarle con desconfianza. Puede que fueran oráculos o tal vez espíritus protectores, pero al preguntarles por la Madre permanecieron mudos. Temió que ella también hubiera desaparecido. La última vez que la vio fue para despedirse, una vez que se consumó el despoblamiento de la Colonia, tras su destrucción por el vengativo Leovigildo. Recordó cómo intentó disuadirle, poniéndose así misma de ejemplo. Durante cientos de millones de años la Madre había resistido a los tiempos, las glaciaciones y la evolución de las especies; de su lecho habían bebido desde los extintos neandertales hasta los arrogantes visigodos; muchas gentes pasaron de largo y pocas consiguieron asentarse allí, pero la Madre permanecía ofreciendo sustento en mitad de la extensa penillanura. Él, sin embargo, no era tan fuerte como ella. Su desánimo venía de lejos y aquel último estrago destructivo terminó por rubricarlo. La Colonia ya casi era un despoblado cuyos habitantes fueron abandonándola, en favor de la capitalina Emérita, desde su fundación. Con la decadencia imperial, muchos colonos prefirieron trasladarse a los “fundi” del “ager”. De modo que a esas alturas sólo quería regresar al punto en el que fue creado. Por eso, tras la triste despedida se adentró en las profundidades del foro, donde intersecan el “cardus” y el “decumanus”. Bajo su superficie yacía el “mundus”, depósito votivo en el que el “deductor” había vertido ritualmente la tierra de la metrópoli Norba, engendrándole a él para proteger aquella nueva Colonia. Y en ese propósito se sabía ya rotundamente fracasado. Desde dentro, volvió a sellar el pozo y, con la esperanza de que le llevara de vuelta al “caelum”, lentamente fue sumergiéndose en un estado de hibernación inconsciente.

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En aquella morada de los seis arcos, consiguió dominar el pánico que desde el brusco despertar le había acompañado en su huida. Sobre el desconocido ruido de fondo, de vez en cuando reaparecía el de las bestias de acero, entremezclado ocasionalmente con la familiar cadencia de pisadas y conversaciones. Con el declinar del día sobrevino el de aquellos sonidos, permitiéndole escuchar el rumor del agua con el que recobró la esperanza de reencontrarse con la Madre. Antes de salir en su busca, reparó en algo. Una especie de presencia que contrastaba con el hermetismo yermo de las caras labradas en la bóveda que ya no podía vislumbrar. Ya fuera, quedó maravillado ante el espectáculo que tenía enfrente. La ciudad refulgía en contraste con la noche. Parecía querer remontar la oscura bóveda celeste hasta su cenit, exhibiendo una fisonomía muy distinta de la que él había conocido. Mientras trataba de reconocer los vestigios amurallados de la Colonia, una voz del ultramundo al que él pertenecía le hizo darse la vuelta súbitamente. La gran figura luminosa, cuyos destellos alcanzaban la cumbre de la sierra que allí arrancaba, se dirigía a él en una lengua extraña. Su tono no era en absoluto amenazante, de modo que trató de comunicarse con ella. Al responderle que no comprendía lo que decía, la figura pareció reflexionar un instante, tras lo cual volvió a hablarle. Entonces reconoció algunas palabras latinas. “Mons”, su nombre era “Mons”. Al corresponderla, identificándose con su “cognomen”, la Montaña brilló aún con más intensidad.

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Partiendo de la Fuente del Concejo, remontaban la ribera en dirección a la Fuente del Marco. El estrecho cauce se encontraba constreñido por albañales y basura. Ni rastro de los molinos, batanes y hornos que en su tiempo salpicaban sus orillas. Las antiguas huertas, alcaceres y olivares estaban ocupados por calzadas y edificios que ocultaban el trazado de la “via delapidata”.

La Montaña le había tranquilizado sobre la causa de su traumático despertar. Unas obras de canalización hechas sin cuidado eran las culpables. Pero, sobre el estado de la Madre, tuvo que prevenirle sin poder disimular la inquietud. Para aliviarle de su preocupación le contó cómo la conoció. Al poco de llegar a este mundo, cuando aún se alojaba en la pequeña gruta reconvertida en ermita, subió a su encuentro el patrón de la villa. Se llamaba Georgij y llevaba varias centurias allí, coincidiendo su advocación con la toma definitiva de la plaza por parte de las huestes del León Rampante. La Hidra de la guerra había causado sufrimiento y desolación en un territorio que iba a ser delimitado y repoblado por la caballería villana, constituyendo un extenso alfoz del que él sería su guardián. Georgij le habló de la Madre como el espíritu más arcano y sabio del lugar. Juntos tutelaron la consolidación del asentamiento. Tras una época de prosperidad en la villa llegaron los primeros indicios de su declive y, de alguna manera que no lograba del todo explicar, comenzó a presentir la llegada de la Montaña. Pronto cada uno de ellos supo ocuparse de facetas distintas en su común labor protectora. Más conocida como la Ribera del Marco, sus aguas seguirían regando la feracidad de los campos; la original condición defensiva de la villa permanecería en manos de Georgij, mientras que los cuidados de la Montaña se dirigirían al alma de los habitantes.

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Al llegar a la Fuente del Marco, el Genius Loci no pudo evitar estremecerse. Todo se encontraba transformado y sucio. El agua, invadida de maleza que la asfixiaba, estaba grasienta y estancada. Sobre la “via delapidata” campaban los vehículos. La Montaña no se detuvo allí, conminándole a acompañarla unos pasos más hacia el suroeste.

Donde antes se levantaba el “Milliarium” ahora había un crucero y un templo de piedra. En la logia exterior les esperaba Georgij. Menos luminoso que la Montaña, tenía un aire de centurión derrotado. Tras una presentación un tanto reverencial le explicó al Genius que, una vez que de la Fuente dejó de manar el agua del Calerizo y ante la situación calamitosa del Marco, había convencido a la Madre para que descansase en aquella Iglesia del Espíritu Santo erigida por templarios. El interior era austero pero acogedor y, como sin querer acaparar todo el espacio, la Madre yacía en un lateral. Mucho más envejecida, su frágil aspecto pareció animarse un instante, aunque sus palabras arrastraban el esfuerzo con el que saludó al hijo pródigo.

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Quién iba a pensar que, después de tanto tiempo, la supervivencia de la Madre se encontraría en peligro inminente. Ha llegado el momento de cuidar a la cuidadora. La ciudad ha expandido sus límites multiplicando veinte veces su extensión, convirtiendo la Ribera del Marco en un imbornal de residuos. Georgif permanece en alerta ante la amenaza ígnea del Dragón. La Montaña vela por unos habitantes que ya no saben comunicarse con ella. El Genius Loci sondea cada rincón de la ciudad, intentando comprender sus claves. Ordenando el caos de aquel enorme entramado de actividad humana, trata de ayudar a la Madre. Y, ahora que no está sólo en la tarea, puede que haya un futuro esperanzador para este lugar que llaman Cáceres.

jueves, 9 de marzo de 2017

Colonia Norbensis Caesarina (20 a.C)

«Se comenzaba por un llamamiento a todos aquellos ciudadanos que quisieran inscribirse como colonos y, con los que acudían al llamamiento, se formaba la conscriptio o lista de emigrantes, que era un número limitado, según la capacidad y condiciones vitales del territorio a colonizar. Los colonos que figuraban en la conscriptio eran enviados al territorio y entraban dirigidos por el deductor (fundador), en formación militar. Se delimitaba ritualmente el terreno en el que la Colonia había de establecerse; los agrimensores procedían a la delimitación y división del campo (ager) y el deductor asignaba por sorteo a cada colono la parte que le correspondía colonizar».

Floriano Cumbreño, Antonio C. (1987). La villa de Cáceres. Institución Cultural" El Brocense".

domingo, 31 de enero de 2016

Los once albañiles de Sir Alex




¿Quién no conoce esta imagen?. Albañiles del Rockefeller Center (1932) durante la pausa del almuerzo, suspendidos en todo tipo de lugares, en tiendas, cafeterías, oficinas de todo el mundo. También ha lucido durante una década en el estudio de arquitectura de servidor. Ahora yace junto con el resto de vestigios de mi actividad como profesional libre en el mismo local, ya denigrado a trastero. No recuerdo quién me la regaló, fallo imperdonable que achaco a mi evanescente memoria. Para seguir con las confesiones, he de reconocer que nunca le tuve especial aprecio a esa estampa, tal vez por demasiado tópica o demasiado icónica o por que no encajaba con los magníficos trabajos que mi amigo Hernán colgó allí mismo hace unos años. Sin embargo, ha sido el fútbol, sí, eso tan prosaico para muchos, quien acaba de otorgarle una reveladora naturaleza mítica que hace que vaya corriendo a desempolvarla para reconciliarme con ella. Me explicaré:

Esta mañana dominguera he visto un documental sobre Sir Alex Ferguson, legendario entrenador del Manchester United. Resulta que el ahora reconvertido en universal conferenciante sobre liderazgo y motivación decoraba su despacho del club inglés con aquella famosa fotografía. Pero, según cuenta, más que como inane objeto ornamental, la utilizaba para ejercer su labor de mánager. Sí, amigos, para empezar descubro con sonrojo, gracias a Sir Alex, que sobre la infinita viga metálica son exactamente 11 hombres (mismo número de componentes de un equipo de fútbol) los que se sientan a comer haciendo equilibrios para no precipitarse al vacío. De manera que a jóvenes estrellas en ciernes, en una especie de adiestramiento iniciático dirigido a aniquilar cualquier atisbo de divismo personal e inocular el germen del trabajo en equipo, les hace reparar en esos obreros suspendidos en el piso 69, prestos a sacrificar juntos sus vidas para culminar el maldito rascacielos.

Ya, ya sé: el ejemplo que el autoritario entrenador utiliza puede resultar sectario (contradiciendo incluso la inclinación marxista que algunos achacan al escocés de Glasgow): sacrificio colectivo, por una peonada miserable, para mayor gloria de un solo individuo (el magnate petrolero John. D. Rockefeller). Sin embargo, el propio Sir Alex aporta un matiz interesante que tal vez sí les sirve a esos futbolistas prometedores cuyos emolumentos, por otro lado, en nada deben parecerse a los de sus 'alter ego' del andamio:

"Aquellos (desesperados) hombres estaban dispuestos incluso a morir por la monumental obra. Yo sólo les pido a mis jugadores que ganen 38 partidos para conseguir una liga. Sinceramente, creo que no es pedir demasiado".

miércoles, 12 de agosto de 2015

Una parcela vacía en París, Texas






















"Se sorprendió cuando se dio cuenta de que no sentía nada. Sólo quería dormir. Por primera vez, hubiese deseado estar lejos, perdido en un país lejano, donde nadie lo conociese. Un lugar sin lengua ni calles. Soñaba con ese lugar, sin saber qué nombre tenía. Cuando se levantó, había un incendio. Las sábanas estaban en llamas. Corrió por el fuego hacia las únicas personas a las que quería. Pero no estaban ahí. Tenía los brazos en llamas, y saltó hacia afuera, dando vueltas por la tierra mojada. Corrió sin mirar atrás, al incendio. Sólo corrió, hasta que salió el sol y no pudo correr más. Cuando el sol se puso, volvió a correr. Corrió así cinco días. Hasta que ya no hubo rastro de ningún hombre".

Paris, Texas (Wim Wenders. 1984)




lunes, 8 de junio de 2015

Hoy por la mañana




He perdido de vista aquella rosa

que me regalaron. Era de mis amigos.

He perdido de vista aquellos momentos,

eran de mis amigos.

He perdido de vista recuerdos de hace tiempo, eran de mis amigos...

he perdido de vista a mis amigos...


Me fui a hacer la carrera y han desaparecido.

Que voy a hacer sin mis amigos...

Mis amigos... Qué voy a hacer sin mis amigos.
 

Leonor (8 años de edad)


 


lunes, 20 de abril de 2015

La Institución (XI)
















En cierto momento por fin adopta una postura más cómoda en la silla, instante en que aprovecha para izar su cabeza hacia el par de campanarios que, coronando el templo jesuita, captan los últimos rayos de sol. A continuación vuelve a escrutar el entorno deteniéndose aleatoriamente en algunos de los muchos rostros joviales que se concentran en las mesas de la terraza, en la escalinata versallesca y en cada rincón de ese escenario medieval que parece haber cobrado una renacida identidad perdida. Con ese gesto de aparente relajación, casi desdén complaciente, se diría que el maduro fugitivo suspende su permanente estado de alerta. Puede que sea el cansancio, aunque en Costa el cansancio lleva instalado demasiado tiempo, como una dolencia crónica con la que no cabe sino convivir. Más insólita aún resulta la extraña mueca de su cara, algo parecido a un amago de sonrisa. Aquel extraño de repente llega a mimetizarse con la estampa bucólica de un atardecer primaveral en el corazón de una vieja ciudad de provincias invadida por turistas. Costa ha regresado más viejo a un lugar que ahora se le presenta impregnado por un taumatúrgico rejuvenecimiento; una plazuela donde ya no flota la melancolía sino la cálida atmósfera de los días largos. Las voces altisonantes de los falsos juglares revotan en las piedras que lo envuelven todo, acompañadas de las carcajadas de un público entregado, hasta que una ovación cerrada da paso al rumor del gentío disipándose. Ese es el momento que Costa escoge para pagar la cuenta, abandonar su mesa algo renqueante y adentrarse en el jardín aledaño. Sorteando la riada de curiosos que entran y salen del penumbroso recinto, alcanza el pretil del fondo que sirve de mirador. Desde allí puede contemplar el borde oriental de la ciudad, delimitada por sinuosas colinas salpicadas de puntos luminosos bajo una luna redonda algo difuminada por la calima. Escora su mirada hacia el norte, donde el paisaje se allana dando lugar a un extenso páramo. Recuerda haber leído en alguna parte que los restos romanos que yacen en esa dirección, a unos 3 kilómetros, son el testigo mudo de la fundación de la ciudad. Al parecer, tres décadas antes de Cristo, los veteranos allí acantonados abandonaron aquel campamento de la penillanura para instalarse en el cerro en el que Costa los imagina desencantados y resentidos por una metrópoli que los arrojó a una frontera extrema y dura.  Junto a la silueta del fugitivo se recorta otra más gruesa y de menos estatura culminada por un irregular sombrero de ala ancha, al modo de un arriero del siglo XVI. El agua de las fuentes canturrea su discurrir no muy lejos de ellos cuando el del sombrero, sin dejar de mirar al frente, le susurra: "bienvenido a casa, Roberto".


 Esta obra de ficción sigue la pista a Roberto Costa, un arquitecto vinculado a una organización clandestina denominada 'Institución', un personaje tan oscuro como dicha organización, cuyo trabajo se desenvuelve más allá de los límites de la Ley en un territorio donde los ideales y la esperanza quedaron demasiado lejos hace demasiado tiempo; al menos para Costa.

Más episodios: 

I
V
X