Resulta que ese sentimiento lo identificaban con el furor de las sibilas durante sus oráculos. Es posible, por tanto, que el entusiasmo proceda de una lógica borrosa o difusa. Quizá sólo los niños puedan conservarlo a salvo de las amenazas, los miedos y las dificultades. Al margen de espíritus proféticos y en medio de este ambiente hostil, tal vez el problema consista en no encontrar la causa hacia la que dirigir esa inspiración divina. De lo que no hay duda es que quien lo posee, en lugar de limitarse a sobrevivir, vive.
El alfiz enmarca un hueco, un vano que es en sí mismo un vacío y a la vez un umbral. Señala la entrada o la salida, el paso de un sitio a otro. Desvela el intersticio que existe entre el interior y el exterior.
domingo, 21 de noviembre de 2010
domingo, 14 de noviembre de 2010
Antes de ayer
Por la mañana temprano, antes de acudir a la cita pasas por tu oficina. Recoges algo y dejas un mensaje sin destinatario posible. Al salir a la calle, la casualidad te vuelve a proporcionar una nueva y redundante dosis de escalofríos. Después de un breve trayecto en coche llegas al sitio. Acompañado de una suerte de personajes dispares, recorres un edificio recién construido. Otro mensaje, recibido en tu teléfono, te informa de que uno de los presentes ya no debería continuar allí. Prosigues la visita como si nada, aunque no puedes evitar observar furtivamente a la aludida. Acaba de tirar tus papeles al suelo y parece nerviosa. Subís a la cubierta por una escalera escamoteable. Allí arriba, le insistes en que no es necesario comprobar algunas cuestiones. En apenas dos horas la inspección ha terminado. Regresas al despacho vacío. Hacia el final de la mañana los vecinos habituales han vuelto. Te despides torpemente y sales a comer. Pasas por casa y añades una corbata a tu vestuario. Conduces algo menos de una hora, luchando contra el sueño. A pocos metros de tu destino casi sufres un accidente. Culpas al desvío provisional que te ha hecho atravesar un anodino barrio de ensanche. Una vez en el recinto, te cruzas con los alumnos de la edición que acaba de comenzar. Charlas unos instantes con unos cuantos conocidos; sin embargo, esa tarde es tu última intervención en el máster que finalizará al día siguiente. Pese a las alturas del curso, las cinco horas de ponencia acaban con una especie de debate retórico que tú no recuerdas haber podido suscitar en ninguna de las seis ediciones anteriores. Al despedirte de la joven coordinadora en funciones preguntas si tiene algo para tí y, con cara de no entender, responde que no. Luego, otra vez la carretera ahora envuelta en una noche que presagia lluvia.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Una parada imprevista (Michael Clayton)

Las tribulaciones dan vueltas y más vueltas en la cabeza como la colada en una lavadora. Los días se suceden en una inexorable espiral hacia el colapso. Esa vertiginosa rutina acaba con la noción del tiempo y los residuos del pasado se entremezclan con los acontecimientos presentes, mientras una luz en el salpicadero parpadea alertando del futuro. Conduce un hombre que ya no recuerda cuándo cayó a medio camino entre la voluntad y los sueños, en el tramo mal señalizado del fracaso. Un estado de crónico cansancio gobierna cada acción destinada a recorrer una ruta a la que no presta atención, pues ésta forcejea por ordenar ideas y descifrar la causa de la ácida sensación en sus entrañas. De repente, algo de todo aquello que le asalta a cada instante le hace pisar el freno y detenerse. Hasta ese momento no había reparado en que ha amanecido. Pese a la niebla del alba, a través de la ventanilla puede ver tres caballos en lo alto de un prado sólo poblado por unos pocos arboles deshojados. Sin parar el motor baja del coche, derecho hacia el sereno grupo que permanece no muy lejos. Días atrás su hijo le habló con entusiasmo del libro que estaba leyendo. El mismo, de tapas rojas, que inspiró al amigo que ha perdido. Era una de esas historias fantásticas sobre reinos imaginarios y heróes conquistadores. La ilustración que vió, al retirar el libro de los brazos del niño dormido, está ahora delante de él. Los caballos del dibujo resoplan y parecen observarle con extrañeza. Temiendo asustarles se acerca lentamente hacia ellos. Tienen un aire majestuoso que le hace sentir insignificante; sin embargo, al estar junto a esos seres de un mundo que ya no existe, comienza a experimentar una especie de paz narcótica. El frío que se le ha echado encima contrasta con el cálido vaho en el hocico que casi llega a acariciar, justo antes de que los caballos se alejen espantados por una llameante explosión que convierte su automóvil en una hoguera sin condenado al que quemar.
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