jueves, 6 de octubre de 2011

Fátima


















Dirección de la imagen

Ya es de noche cuando llego a casa. Salgo a la terraza buscando una brisa fresca que no acaba de llegar. Desde ahí arriba observo que hay gente saliendo de la Gran Superficie. Tienen pinta de ejecutivos, todos de traje, ellas con sus carpetas aferradas al pecho. No sé por qué, pero me resulta dificil asociar a esas personas con la Gran Superficie (Superficie: "aspecto externo de algo") Hace pocos días, allí mismo, en la Gran Superficie, me despedí de alguien que en lugar de traje llevaba el uniforme de los empleados. Esos que te esperan a la salida, tras una cinta transportadora junto a una caja registradora. Suelen llevar su nombre escrito en una tarjeta que quedaría tapada si, en lugar de atenderte, sostuvieran una carpeta como esas ejecutivas de antes. En su tarjeta pone 'Fátima'. Sin perder el gesto serenamente risueño de siempre, Fátima me contó que era su último día de trabajo. "Me echan porque si no me tienen que hacer fija".

Existe cierto consenso sobre el buen aspecto que ofrece la Gran Superficie. De vez en cuando pueden verse grupos de aprendices siendo adiestrados sobre el terreno. Van también uniformados y obsevan atentamente al instructor. Al llegar a la caja, tú formas parte de la clase práctica. Después de pagar, si levantas la mirada, tal vez se tope con unos ojos sonrientes como los de Fátima.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Lágrimas de litio

Un ruido cadencioso le hizo emerger lentamente de un sueño que hacía tiempo no era tan envolvente y denso. Parecía como si aquel sonido hubiera surgido de ese mismo letargo, colándose con él en una vigilia levemente consciente. Pensó en alguna alarma de coche, en su dueño, en las obras del supermercado de al lado, en el vigilante de seguridad, en que alguien avisaría a la policía, en que tarde o temprano dejaría de escucharlo. Trató de volver a dormirse pero, aunque el volumen era muy bajo, el timbre era molestamente penetrante. Al levantarse a mirar por la ventana se percató de que el ruido provenía del interior de la casa. Abrió la puerta del dormitorio y el sonido se acrecentó. Cruzó el pasillo hasta la habitación del fondo. Encendió la luz y destapó el cesto de mimbre donde estaban las muñecas de su hija. Su mujer se había empeñado en guardarlas allí, en la habitación que ocupó la niña hasta que se marchó a Nueva York, mucho después de dejar de tener edad para jugar con ellas. Debajo de un par de rollizos bebés de plástico encontró a la pepona de trapo que lloraba cuando se le quitaba el chupete. Lo ajustó a la boca y todo volvió a quedarse en silencio. Fue entonces cuando miró la hora. A casi cinco mil kilómetros de alllí, en la gran manzana, su hija ya estaría en el trabajo. La llamó.

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Colgó en cuanto sonó el primer tono. Las normas de la empresa eran muy estrictas con el uso de los teléfonos. Se lo había advertido a su padre cada vez que éste parecía olvidar el pacto de emancipación que habían acordado años atrás. Sin embargo, con algo de preocupación se dió cuenta de que en la costa oeste aún no debía haber amanecido. Mientras se dirigía al despacho de su jefe, y volvía a colgar a su padre, ensayó una disculpa para salir. Aunque llevaba poco tiempo en ese trabajo, y no tenía confianza con el supervisor, estaba dispuesta a contarle que su padre necesitaba más atención de lo normal desde que enviudó. Al llegar a la puerta los ojos se le habían humedecido. Su jefe estaba atendiendo al teléfono pero le hizo un gesto para que entrase. De nuevo volvió a sonar el móvil. Ella se mostró muy nerviosa cuando lo apagó sin contestar. Él se separó del auricular y con una sonrisa tranquilizadora le dijo que podía ir a atender esa llamada. Antes de abandonar el despacho, con una amabilidad que difuminaba todo rastro de jerarquía laboral, él le preguntó si no le importaría cruzar la calle y traerle un café y unos bollos.

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Esta vez, el ruido que surgió del aparato no le sacó de un profundo sueño sino que le arrancó del cieno opaco de la desesperación. A pocos metros de la que todavía mostraba el vacío humeante que antes ocupaban las dos torres, la pantalla que vibraba entre sus manos mostraba, entre destellos led, el nombre de su hija.

domingo, 7 de agosto de 2011

En La Parra




La llegada

A la altura de Villafranca de los Barros dejamos la Ruta de la Plata en dirección a Fuente del Maestre. Allí el camino se diluye en un desordenado entramado de calles. Después de preguntar seguimos rumbo a Feria. La imponente torre de su fortaleza es visible antes de atravesar la carretera que une Zafra con Badajoz. El paisaje comienza a ondularse en una sucesión de lomas cubiertas de encinas mientras rodeamos el pueblo para llegar hasta La Parra. La casa rural donde nos alojaremos está rehabilitada de modo que el elegante diseño contemporáneo sólo se manifiesta en su interior.

Por la tarde

Es la hora de comer pero allí sólo sirven desayuno y cena y ningún bar tiene abierta la cocina. Nos mandan a Salvatierra, un pueblo cercano donde sí hay restaurantes. Comprobamos que también tiene un castillo en lo alto de una colina que se cierne sobre el caserío. De vuelta se desata una tormenta que nos hace abandonar las hamacas de un patio con piscina. Al finalizar la cena, compartimos con otros huéspedes un salón con bóvedas de nervios ornamentados. Antes de que se marche Encarna, la encargada, le pregunto por la historia del establecimiento pero ella, sonriendo, me dice que la contará mañana.

La historia

Durante el desayuno Encarna nos cuenta que de niña solía pasar mucho tiempo en aquella casa. Su tía trabajaba allí, al servicio de una de esas familias terratenientes, de aquellas cuya fortuna provenía de la explotación de las grandes fincas con ganado porcino que se extienden por toda la zona. Las fotografías de los antiguos moradores, en blanco y negro, se encuentran enmarcadas en una salita que hace las veces de biblioteca. En una de ellas se puede ver a la hija, mirandonos sonriente. Por lo visto ahora, sin descendencia, vive en una residencia. Años atrás le dejó la casa a la tía de Encarna, y ésta, sin saber qué hacer con aquella ruina, la vendió a la actual dueña. Por una de esas casualidades, después de pasar casi tres lustros en Madrid, Encarna regresa a su pueblo contratada por la nueva dueña para trabajar en la casa. Nos señala espacios donde alacenas, graneros y otros lugares han sido sustituidos por ambientes surgidos de revistas de decoración.

La excursión

Pasamos por Burguillos del Cerro: Otra fortaleza en lo alto, una gran charca la precede y un tupido bosque de encinas nos acompaña en la travesía. Llegamos a Jerez de los Caballeros. La Reconquista, que hasta el momento se ha evidenciado en un territorio salpicado de vestigios de órdenes militares, tiene allí una abundante concentración de testimonios subrayados por esbeltos campanarios. Tras contemplar la Torre Sangrienta salimos hacia Zafra. Recorremos sus dos plazas porticadas y comemos en el atrio renacentista del Palacio de los Duques de Feria. Esa tarde, de vuelta en La Parra, callejeamos por la plaza donde se encuentra el ayuntamiento y la iglesia. Nos asomamos a la hospedería del convento. El sol está bajo y se oye jugar a los chiquillos. En la Calle de la Cruz un imponente edifico de rejas rojas encierra las dependencias de lo que fue un pequeño pero lujoso hotel.

Los huéspedes

Por la noche, la última, tomamos unas cervezas en la terraza de un bar, con los mismos huéspedes del salón, extraños como nosotros bajo un cielo que ya no esconde sus estrellas. Se trata de una pareja de Madrid. Él tiene un negocio de grúas torre; lo dijo en cuanto supo mi profesión. Ahora esas máquinas deben encontrarse en algún solar vacío, movidas únicamente -más bien agitadas- por el viento (En mi caso la arquitectura casí ha quedado reducida a media docena de asepiadas tarjetas de visita que aún conservo. En ellas aparece el dibujo de otra vieja construcción, un apunte que hice en una localidad al norte de la región y que luego también se rehabilitó) Tal vez movido por un sentimiento de solidaridad nos sugirió la idea de salir a tomar algo. Compartimos anécdotas de otros viajes, bebimos y reímos. A la mañana siguiente nos despedimos con el afecto propio de los camaradas.