Temo que se haya convertido en costumbre eso de que no te tomen en serio cada vez que tratas de relatar algún suceso del pasado. Desde luego, tú y tu inclinación a la novela sois los únicos responsables de esa falta de credibilidad. Sin embargo, lo que le contabas el otro día a los tuyos, sentados todos en la mesa de la cocina materna, era lo más parecido al recuerdo que permanece en tu contaminada memoria. Aún no debías haber cumplido los diez años cuando aquella profesora de prácticas hizo su resplandeciente aparición. Todavía hoy -y sin ánimo de establecer conexiones freudianas- para describirla la asimilarías a la jovencita de las fotos asepiadas en la que se encarna tu madre cada vez que repasas el disgregado álbum familiar. Frondosa y brillante cabellera negra, sin atisbos de otras tonalidades, enmarcando un rostro de belleza serena, dulce, amable ("digno de ser amado"). Su aspecto es el icono perfecto de los aires de libertad que por entonces ya habían llegado para quedarse (y eso que en el Diocesano seguían recurriendo al castigo físico como instrumento frecuente). Sonrisa amplia, más bien bajita, blusa blanca y falda vaquera. Siempre al fondo del aula del semisótano, acomplejado y retraído -sí, retraído-, hasta que ella propuso la idea tú jamas subiste voluntariamente a la tarima. Se trataba de que algún alumno expusiese el tema sobre las palancas y poleas de Arquímedes. Continúa sorprendiéndote que decidieras al instante levantar la mano; un punto de apoyo sirve para mover el mundo del mismo modo que el anhelo de captar la atención de una mujer guapa puede conducirte a tomar decisiones inopinadas. No sabrías decir si superaste la prueba con solvencia suficiente, pero lo que si conservas es la cariñosa aprobación de la maestra efímera, mientras te felicita por tus dibujos en el oscuro océano esmeralda que era la pizarra. Las ponencias de ahora te han alejado del encerado y, a lo sumo, en las manos tienes un lápiz digital con el que poder pintar margaritas que evocan el cálido y protector universo que tu madre sostiene eternamente para ti.
El alfiz enmarca un hueco, un vano que es en sí mismo un vacío y a la vez un umbral. Señala la entrada o la salida, el paso de un sitio a otro. Desvela el intersticio que existe entre el interior y el exterior.
lunes, 19 de marzo de 2012
jueves, 15 de marzo de 2012
domingo, 12 de febrero de 2012
La herida
Hay un rincón de la memoria donde se acumulan ciertos recuerdos que se saben imperecederos. Permanecen ahí, discretamente, sin ruido, y sólo en contadas ocasiones son invocados. Cada vez que eso ocurre comprobamos cómo, con el transcurso del tiempo, muchos de los detalles se han ido perdiendo hasta decantarse en una suerte de ruina que mantendrá siempre la esencia del contexto original. Uno de esos vestigios resplandece con el sol que se precipita, estallando en las aguas de una playa gaditana. Los niños juegan en la orilla, como cada día, como cada verano. La atmósfera lleva suspendida la materia de la que se compone aquello que uno de esos chiquillos cree identificar con la felicidad, sólo contaminada en pequeñas dosis por los gérmenes del miedo abstracto a la pérdida y los inaudibles suspiros dirigidos a una nibelunga rubia de la pandilla. A unos metros del chapoteo infantil, los padres forman un grupo aparte. Son como dos especies distintas que acuden a beber a la misma charca, guardando las distancias. En un momento dado, y de forma totalmente imprevista, el padre del chico atribulado se interna en la maraña de cuerpecillos de piel pelada, pugnando por 'la Balsa de la Medusa' en la que han convertido la única colchoneta que tienen a mano. Apoderándose de la precaria embarcación, la arrastra a toda velocidad con los alegres liliputienses aferrados a ella. El niño en seguida experimenta una especie de orgullo asombrado, tanto que le hace abrir la boca y atragantarse con los chorros de agua salada que desprende la trepidante marcha de su padre. De repente, el juego queda interrumpido cuando el hombre se topa con una de las rocas que cubre el oleaje. En el recuerdo no se escucha ningún grito, pero la cara del accidentado penetra en los ojos del chico, hasta alcanzarle el pecho. Al ver la sangre del pie, el dolor se transforma en un escalofrío agudo; en el recuerdo sí existe la estremecedora sensación. Paralizado, ve cómo se lo llevan para curarle. Después de lo ocurrido, el niño nunca podrá desprenderse de un molesto sentimiento de culpa que le acompañará todavía hoy. Ahora, la herida no está en el pie, y no puede curarse con un poco de mercromina y una tirita; pero el hijo al menos intentará estar a su lado, mientras se recupera.
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