domingo, 13 de noviembre de 2011

Matar a un ruiseñor

Un anciano Gregory Peck, sentado en el escenario, contestaba a las preguntas del público que abarrotaba el teatro. La última que le hicieron, antes de despedirse con un dicho irlandés*, fue la tópica '¿cómo le gustaría ser recordado?'. Lejos de referirse a su labor como actor, expresó su deseo de que los suyos pensaran en él como un buen marido y un buen padre. Lo cierto es que, medio siglo después del estreno de 'Matar a un ruiseñor', su encarnación de Atticus Finch personifica al héroe más importante de la historia del cine. Un héroe capaz no sólo de ganarse la admiración de sus hijos sino la de un público entregado.

*(Para los curiosos diré que la despedida irlandesa de Peck era algo así: 'Que no les falte comida, ni una almohada blanda por las noches. Y que una vez dejen este mundo, descansen en el Cielo... al menos durante cuarenta años antes de que el diablo se dé cuenta de que han muerto y los lleve al Infierno')

jueves, 6 de octubre de 2011

Fátima


















Dirección de la imagen

Ya es de noche cuando llego a casa. Salgo a la terraza buscando una brisa fresca que no acaba de llegar. Desde ahí arriba observo que hay gente saliendo de la Gran Superficie. Tienen pinta de ejecutivos, todos de traje, ellas con sus carpetas aferradas al pecho. No sé por qué, pero me resulta dificil asociar a esas personas con la Gran Superficie (Superficie: "aspecto externo de algo") Hace pocos días, allí mismo, en la Gran Superficie, me despedí de alguien que en lugar de traje llevaba el uniforme de los empleados. Esos que te esperan a la salida, tras una cinta transportadora junto a una caja registradora. Suelen llevar su nombre escrito en una tarjeta que quedaría tapada si, en lugar de atenderte, sostuvieran una carpeta como esas ejecutivas de antes. En su tarjeta pone 'Fátima'. Sin perder el gesto serenamente risueño de siempre, Fátima me contó que era su último día de trabajo. "Me echan porque si no me tienen que hacer fija".

Existe cierto consenso sobre el buen aspecto que ofrece la Gran Superficie. De vez en cuando pueden verse grupos de aprendices siendo adiestrados sobre el terreno. Van también uniformados y obsevan atentamente al instructor. Al llegar a la caja, tú formas parte de la clase práctica. Después de pagar, si levantas la mirada, tal vez se tope con unos ojos sonrientes como los de Fátima.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Lágrimas de litio

Un ruido cadencioso le hizo emerger lentamente de un sueño que hacía tiempo no era tan envolvente y denso. Parecía como si aquel sonido hubiera surgido de ese mismo letargo, colándose con él en una vigilia levemente consciente. Pensó en alguna alarma de coche, en su dueño, en las obras del supermercado de al lado, en el vigilante de seguridad, en que alguien avisaría a la policía, en que tarde o temprano dejaría de escucharlo. Trató de volver a dormirse pero, aunque el volumen era muy bajo, el timbre era molestamente penetrante. Al levantarse a mirar por la ventana se percató de que el ruido provenía del interior de la casa. Abrió la puerta del dormitorio y el sonido se acrecentó. Cruzó el pasillo hasta la habitación del fondo. Encendió la luz y destapó el cesto de mimbre donde estaban las muñecas de su hija. Su mujer se había empeñado en guardarlas allí, en la habitación que ocupó la niña hasta que se marchó a Nueva York, mucho después de dejar de tener edad para jugar con ellas. Debajo de un par de rollizos bebés de plástico encontró a la pepona de trapo que lloraba cuando se le quitaba el chupete. Lo ajustó a la boca y todo volvió a quedarse en silencio. Fue entonces cuando miró la hora. A casi cinco mil kilómetros de alllí, en la gran manzana, su hija ya estaría en el trabajo. La llamó.

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Colgó en cuanto sonó el primer tono. Las normas de la empresa eran muy estrictas con el uso de los teléfonos. Se lo había advertido a su padre cada vez que éste parecía olvidar el pacto de emancipación que habían acordado años atrás. Sin embargo, con algo de preocupación se dió cuenta de que en la costa oeste aún no debía haber amanecido. Mientras se dirigía al despacho de su jefe, y volvía a colgar a su padre, ensayó una disculpa para salir. Aunque llevaba poco tiempo en ese trabajo, y no tenía confianza con el supervisor, estaba dispuesta a contarle que su padre necesitaba más atención de lo normal desde que enviudó. Al llegar a la puerta los ojos se le habían humedecido. Su jefe estaba atendiendo al teléfono pero le hizo un gesto para que entrase. De nuevo volvió a sonar el móvil. Ella se mostró muy nerviosa cuando lo apagó sin contestar. Él se separó del auricular y con una sonrisa tranquilizadora le dijo que podía ir a atender esa llamada. Antes de abandonar el despacho, con una amabilidad que difuminaba todo rastro de jerarquía laboral, él le preguntó si no le importaría cruzar la calle y traerle un café y unos bollos.

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Esta vez, el ruido que surgió del aparato no le sacó de un profundo sueño sino que le arrancó del cieno opaco de la desesperación. A pocos metros de la que todavía mostraba el vacío humeante que antes ocupaban las dos torres, la pantalla que vibraba entre sus manos mostraba, entre destellos led, el nombre de su hija.