Anoche vi esa película de Thomas Alfredson que trata de adaptar la novela 'El Topo'. Le Carré, tu ¿creador?, también colabora en ella y eso se advierte, sí, en la atmósfera que gobierna el reconocible universo desolado por una posguerra que acabó con el frente; la linea que distinguía inequívocamente los bandos. Desde entonces no sabes contra quién luchas, aunque aún tienes a Karla. Él tiene el mechero que le regalaste y tú, aunque no lo muestre la película, conservas su borroso retrato colgado en la pared. Todavía más imperceptible es la imagen de Ann; una figura lejana, esquiva; la brillante melena negra en eterno escorzo. Enemigo y amante, uno y otro, son fantasmas con los que mantienes una relación tan cotidiana como imposible. Dan forma a tu desencanto, enterrando los últimos vestigios de un viejo idealismo juvenil que ya no reconoces en ninguno de los tuyos, los moradores del Circus. Control ha muerto y el ambicioso Alleline no ha dejado que su silla se enfríe; Lacon sólo está interesado en tener contentos a los ministros; A la vieja Connie la han jubilado y el único material ruso del que dispone es una botella de vodka; Haydon, con su aire de tutor de Oxford, se obstina en negar su edad acostándose con todo lo que se mueve; Sterhase, ese mercenario disidente, no merece comentario; ¿y Westerby? ¿Qué ha hecho Alfredson del honorable colegial? Ni rastro de su condición de eremita devorador de libros, un solitario derrotado como tú. De hecho Westerby eres tú, Smiley, con veinte o treinta años menos (pero eso sólo lo desvela tu trilogía impresa). Sin embargo, en la casa todavía permanece tu última esperanza, Peter Guillam, el elegante y leal (a ti) agente de campo que en el celuloide ha sustituido a la bohemia estudiante de violín por un maduro amo de casa de la City. Ahí están todos, juntos compartiendo soledades, en una carrera que devora los músculos del corazón y en la que no hay ganador; en un juego que no tiene gracia pero en el que abandonar no es una opción, siguiendo pistas falsas por un laberinto de miradas huidizas y silencios elocuentes. La fiesta os ha reunido, George, pero tú no logras emborracharte. Te entiendo; la película es sólo una aproximación a un mundo que ya no existe, y mañana hay que levantarse temprano.
El alfiz enmarca un hueco, un vano que es en sí mismo un vacío y a la vez un umbral. Señala la entrada o la salida, el paso de un sitio a otro. Desvela el intersticio que existe entre el interior y el exterior.
martes, 2 de octubre de 2012
jueves, 20 de septiembre de 2012
Urbanismo de novela
![]() |
| Pasaba por ahí |
"Del cielo intensamente azul colgaban oscuras nubes verticales, deshilachadas e inmóviles, como harapos quemados o restos de un gigantesco decorado después de un incendio. El mar venía revuelto y sucio, hedía en la rompiente una espuma arenosa y flotaba un tronco a la deriva, girando. Mao se paró a ladrar al leño cuando él ya se internaba, más allá de las dunas, por las fantasmales calles futuras de la futura urbanización; asfalto y rastrojos convivían en el vasto páramo, y solitarios bordillos interminables, destinados a aceras que aún no existían, se perdían a lo lejos, parcelando la hierba que crecía libre; farolas nuevas y oxidadas esperaban luz a lo largo de desoladas avenidas de gravilla entre viñas muertas, por calles espectrales que no llevaban a ninguna parte. Pensó en el nuevo paisaje que le esperaba allí un día para ser descrito, en las deposiciones del tiempo que ya lo desfiguraban antes de nacer y en ese mar de rumor repetido, sosegado y omnipresente: el mar filtrándose ya en el texto, inundando las voces de ayer y de mañana, mezclando el sueño y la vigilia..."
La Muchacha de las Bragas de Oro.
1978. Juan Marsé.
sábado, 15 de septiembre de 2012
La Institución (VIII)
Al volver del café su mente ya no estaba puesta en la sesión inaugural de la 'Unidad de Análisis'. A última hora del día anterior le habían convocado para aquel 'nuevo embolado' según le aclaró la joven coordinadora a la que había conocido meses atrás y que, por alguna razón insensata, había forzado su candidatura al polícromo grupo de 'expertos'. Hacía rato, un par de viejos resabiados de La Administración le habían arrebatado a la joven el control de la reunión, intercambiando consabidos lamentos, proféticas y apocalípticas reflexiones y estableciendo objetivos muy distintos del previsto por la ingenua coordinadora. Sólo las desnudas piernas entrecruzadas de una jefa de sección, que ocupaba un asiento alejado de la enorme mesa de juntas, le mantenía conectado en ese momento a aquellos desconocidos habituales. Sin embargo, la visión furtiva le devolvía al espinoso recuerdo de Ella, al dolor de las quemaduras provocadas por un fuego fatuo que se intensificaba cuanto más frialdad desprendía la distante cariátide congelada. A cada puñalada evocadora la conciencia hacía el resto, demostrándole que el Tiempo no siempre lo cura todo. Por fin pudo tomar la palabra la derrotada moderadora, aunque sólo lo hizo para dar por finalizada la primera -y según las más elementales leyes de la lógica, última- sesión de la neonata Unidad. Costa salía sin despedirse, más cabizbajo de lo normal, tal vez por la molesta impresión admonitoria de la jefa de sección. A un paso de las acristaladas puertas del Módulo C, alguien le llamó desde el concurrido vestíbulo. Le costó reconocerla. Llevaba el pelo más largo y presentaba una figura más ancha de la que guardaba en su memoria. Besos efusivos, abrazos de antiguos camaradas. "Así que te han mandado a ti" (-¿cómo lo sabía? Sólo falta que publiquen estas cosas en el boletín oficial- pensó.) "¿Qué tal ha ido?". "Pues mira, Luz, -aún sin saber qué papel jugaban ella y la mujer que la acompañaba y les escuchaba cigarrillo sin encender en mano- demasiada gente, demasiada sabiduría, demasiadas propuestas normativas reguladoras... y ausencia absoluta de sentido práctico"."¡Ay, Roberto!, mira, te presento a mi jefa, Catalina Vela, la directora que ha organizado todo esto".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
