Una nueva pandemia provoca reacciones hasta ahora inhábiles, en el cerebro humano, despertando intensos sentimientos de empatía, generosidad y amor al prójimo. Las consecuencias más inmediatas se han dejado notar tanto en los mercados como en la política exterior. Gobiernos, inversores y grandes corporaciones de todo el mundo han concertado sus acciones y recursos con el objeto de auxiliar a las regiones más desafavorecidas. En pocos meses, el colosal despliegue de medios ha conseguido que se pueda afirmar hoy que no hay nadie, en ningún lugar, que no tenga a mano comida y asistencia sanitaria. Paralelamente, se han puesto en marcha planes de inversión encaminados a la creación de un tejido productivo y de servicios que permita el pleno empleo y el sostenimiento de las dotaciones y suministros básicos.
La investigación sobre las causas de la pandemia, cuyo contagio se produce por la respiración, apunta a la presencia atmosférica de partículas en suspensión originadas en la sobrecalentada capa de ozono. Incluso se baraja la hipótesis de que tal sustancia ha sido creada, y posteriormente puesta en circulación, por miembros de una organización secreta internacional, un grupo no gubernamental filantrópico que disponía de cédulas durmientes de 'buenas personas' (así, se les denomina).
